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EN EL CORAZON DE LOURDES
Tomado del bolentin del seminario de Getafe,

El pasado mes de mayo, los seminaristas de sexto curso, acompañados de nuestro Obispo Auxiliar y Rector D. Rafael, participamos en la peregrinación de enfermos que todos los años organiza la Hospitalidad de Madrid.

No era la primera vez que visitábamos Lourdes, pero ha sido una de las peregrinaciones más especiales que hemos vivido. La Hospitalidad es una asociación de laicos que lleva más de 75 años (solo 51, no os paseis) organizando dos peregrinaciones anuales de enfermos a Lourdes. Para ofrecer esta preciosa oportunidad a los enfermos, hospitalarios y hospitalarias de todas las edades trabajan como voluntarios. Desde enfermeras hasta camilleros, pasando por responsables de lavandería o de cocina, los hospitalarios viven cada viaje como una verdadera peregrinación personal, una oportunidad de encuentro con María y con su Hijo Jesús a través del servicio a los enfermos. Muchos empezaron a ir casi por casualidad y ahora son fieles a esta cita anual con nuestra Señora de Lourdes.

Los seminaristas nos unimos a dos de los veinte equipos de voluntarios: un total de más de 150 enfermos y 300 voluntarios. Trabajando como camilleros, atendimos a los enfermos en todo cuanto nos permitía nuestra escasa experiencia, ya fuese tirar de un carrito o empujar una silla de ruedas, como ayudar a duchar a los enfermos o a darles de comer o simplemente estar y escucharlos con calma. Durante cinco días, participamos del trabajo de decenas de voluntarios cuya única preocupación es que cada enfermo viva una verdadera peregrinación y pueda experimentar, a través de nuestro sencillo esfuerzo, el cuidado maternal de María. La alegría, profunda y verdadera, que se lleva cada enfermo a la vuelta es la mejor prueba de que ese objetivo es alcanzado con creces.

Pero no sólo los enfermos regresan renovados. Peregrinar a Lourdes con enfermos supone llegar al corazón de este Santuario y experimentar la tierna cercanía de María que sonríe a sus pequeños hijos sanando sus dolencias, ya no sólo las del cuerpo sino también aquellas más profundas, las del alma.

Los seminaristas regresamos felices y asombrados. Asombrados de la labor de tanta gente entregada, asombrados del testimonio de los enfermos al vivir con gran profundidad la peregrinación, asombrados de la afectuosa acogida que nos brindaron los hospitalarios, asombrados, sobre todo, de las maravillas que hace la Virgen en sus hijos. Y tanto asombro no puede más que convertirse en agradecimiento. ¡Gracias María! ¡Gracias Señor!

Gabriel Muñoz