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(Rosa Cuervas-Mon / Semanario ALBA). Acaban de llegar y ya están preparando el siguiente viaje. Los miembros de la Hospitalidad de Lourdes en Madrid peregrinan dos veces al año -mayo y octubre- hasta el santuario en el que la Virgen se apareció, hace más de siglo y medio, a la pequeña Bernadette.Sus estancias en el pueblo francés son, como ellos mismos dicen, "especiales", porque hasta allí marchan siempre acompañados de enfermos. En total, una media de 1.000 peregrinos por viaje entre voluntarios -"hospitalarios"-, peregrinos sanos y peregrinos enfermos. Mil almas que parten con inquietudes muy diferentes y que encuentran, casi siempre, algo más de lo que esperaban.
"El primer año que mi hija me acompañó me dijo: "Papá, creo que Lourdes es un trocito de cielo en la tierra", y pienso, realmente, que es la mejor definición de lo que vivimos allí", explica a ALBA el doctor Francisco Xavier Santos, jefe del equipo médico de la Hospitalidad.
Un acto de egoísmo
Para quien se asome desde fuera a este viaje especial que es Lourdes, puede parecer extraño hablar de cielo en un mundo de pacientes oncológicos, enfermos de sida, discapacitados, niños atados a una silla de ruedas y vidas difíciles. Y sin embargo, eso es lo que encuentran muchos #-casi todos- los que van allí. "Ir de voluntario no es un acto de entrega, es un acto de egoísmo porque quien más recibe es el que comparte su tiempo con los enfermos", explica el doctor Santos. Más testimonios: "En Lourdes se ve el dolor, pero siempre hay una sonrisa, una mano amiga que consuela. Nunca me he sentido más feliz que allí", decía Fernando Pardo, camillero del grupo 11 fallecido a los 65 años.
Y Manuel Díaz Roldán, primero peregrino y después camillero, encontró en Lourdes la esperanza que buscaba en los momentos de desaliento en su vida. Durante cinco días los cientos de peregrinos que viajan al pueblo francés con la Hospitalidad de Madrid viven una experiencia de fe, comparten buenos y malos ratos y crean vínculos muy fuertes que duran todo el año.
"Muchos de los enfermos proceden de residencias o centros de acogida y los hospitalarios los visitan a lo largo del año y mantienen el contacto", cuenta Santos, para quien el primer y mayor milagro es volver de Lourdes sin ningún percance. "En un grupo de 900 personas, con enfermos de todo tipo, el mayor milagro es volver todos. La mayoría de los que van no pide curarse, sino recibir la fuerza que da Lourdes, y repiten año tras año", añade.
Él, como jefe del equipo médico, coordina la labor de los profesionales sanitarios (médicos, enfermeros y farmacéuticos) para que los enfermos -que previamente han enviado una ficha con sus necesidades especiales- estén siempre bien atendidos.
Iguales ante la Virgen
De trasladarlos, asearlos y acompañarlos en todo momento se encargan las damas hospitalarias y los camilleros. Todos juntos participan en el rezo del rosario, visitan la gruta de la Virgen y van a las piscinas. "Cuando estábamos esperando para pasar [a las piscinas], me quitan la silla de Conchita y oigo la voz de una enferma que me dice: "Doctora, ¿va a abandonar a Conchi?" algo en mi sucedió. De nuevo con Conchita en la entrada a la piscina no sé qué me ocurrió; no podía rezar, sólo llorar. Pensaba: ante los ojos de la Virgen todos somos iguales, no vale el título de médico, ni el de profesor de universidad, ni dominar otros idiomas, sólo valen la fe y la humildad", cuenta la doctora Fernández-Benítez de su primer baño en las aguas de Lourdes.
Y ésa es una de los grandezas del santuario. Allí no hay diferencias entre enfermos y sanos, capacitados o discapacitados. Sólo hay hombres y mujeres que encuentran, en la pequeña gruta francesa, la fuerza para añadir vida al tiempo y no tiempo a la vida.